Posteado por: buenaventuras | enero 14, 2017

CONFESIONES Y MEMORIAS

CONFESIONES Y MEMORIAS, Heinrich Heine

ALBA Editorial, 2006
Traducción: Isabel Hernández 
Páginas: 184

9788484282907

Este es un libro que Heine escribe cuando estaba postrado en cama,  gracias a lo que en aquella época se creía era una enfermedad degenerativa congénita y ahora podría entenderse como un estado muy avanzado de sífilis.

El libro como tal se divide en dos partes, una primera que son las Confesiones, que son en general chismes suyos con un tono humorístico avanzado para un alemán en 1854,  buena parte habla de Madame Staël y sus alegatos contra las normas, Madame Staël y  su amor a los alemanes (ella era francesa),  Madame Staël y su odio por Napoleón Bonaparte, mismo que estaba disfrazado de intelectualismo político, pero en el fondo era simple despecho de mujer rechazada, porque ella quiso con Napoleón y él no.

En fin, la segunda parte son las Memorias, más disfrutables porque si bien está presente esa ironía y sátira tan característica en él, hay una buena dosis de ternura. Deja claras sus convicciones literarias, de vida y las políticas también. No hay que dejarse engañar con lo que parecieran ser  meras anécdotas, él hace una radiografía – fiel a su estilo- de la sociedad  alemana tanto en lo político como en ese proceso de desaparición del Romanticismo como escuela  de poesía.

Personalmente, el libro me aburrió;  Heine no es uno de esos poetas que fascinan en la primer lectura, si su poesía no  lo logra, menos esta prosa de confesión y chisme ; y las traducciones que uno encuentra no son tan buenas (si es que se las encuentra); pero una buena traducción  de su poesía y un buen momento de vida, permiten apreciar la musicalidad de sus rimas; y reconocer en su música, ese paradigma del poeta solitario que en sus versos expresa la melancolía y la añoranza de lo perdido, ese alma angustiada por su propia sensibilidad, demasiado lúcido como para sobrevivir en un mundo que calificaba de hostil y monótono.

No tuvo una vida fácil, no. Alemania censuraba sus escritos. La policía tenía órdenes de arresto listas para cuando él apareciera por la ciudad. Heinrich Heine, es considerado como el último romántico, o el primer post-romántico. Rebelde en fondo y forma, tomó lo que aún era de los románticos en cuanto a forma, y lo renovó a su antojo. Su obra está llena de amor, ironía, política y nostalgia.

Heine, el poeta

En el Libro de los Cantares (1831) (mi favorito) se encuentra a un poeta con un genio de doble cara, sus versos a veces son dulces, delicados, sutiles, y en un instante se apodera de ellos un alma infernal, de ironía maligna, que se vale de las palabras como si fueran flechas envenenadas para matar a sus enemigos. Luego de asesinarlos se pone triste, suave, soñador, y luego ríe con malicia y cinismo. Pasa de ángel a demonio en fracción de segundos.

Alguna vez le escribiría a un amigo:

“¿no te estremeces de espanto, Cristian? Tiembla, tiembla, como yo tiemblo. Quema esta carta. ¡Apiádese Dios de mi! No he sido yo quien ha escrito esas palabras. Está sentado en mi silla un hombre pálido y demacrado que las ha escrito. Es que sonó media noche. El loco es irresponsable.”

A pesar de esa naturaleza contradictoria donde bailaban al unísono la ternura y el sarcasmo, la fantasía y la reflexión, la felicidad y la tristeza que fueron los conflictos que crearon en Heine ese espíritu de desencanto, de burla y de sátira. Hay quienes dicen que en realidad él no fue el hombre de las contradicciones, sino el hombre de las contrariedades, pues su vida estuvo llena de desavenencias con su amada Alemania.

Ocho años, los últimos de su vida, los pasó en cama, y no como lo hubiese deseado, porque se describía a sí mismo como un amante apasionado, sino en la “tumba de su colchón”. Los médicos hablaban de un mal congénito; pero ahora hay un cierto acuerdo en que fue una sífilis que derivó en una “meningoencefalitis difusa luética” o parálisis general progresiva. “…caro lector, si te he metido entre mujeres de mala vida, como suele decirse, por lo menos tienes el consuelo de saber que la caída no te ha costado tanto a ti como a mí”.

En sus últimos días estaba ya medio ciego y sólo podía mover la pluma, aún así continuó escribiendo poemas de amor y poemas políticos. Él mismo explicó que su pecho era “un archivo de sentimientos alemanes”. Sus biógrafos cuentan que en su último minuto de vida, pidió a la enfermera un lápiz y un papel, intentó; pero no logró escribir ya nada, y murió.

Si hubiese alcanzado a escribir algo, seguramente la frase  habría sido una que dijo en vida con todo el encanto cínico que lo identificaba: Dios me perdonará, es su oficio.

Conclusión,  si no han leído su poesía, este no es el mejor libro para empezar. Si les gusta su poesía, tampoco es el mejor libro para disfrutarlo. Si lo están estudiando, o les interesa tener un panorama bastante honesto del Romanticismo alemán, corran a buscarlo.

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