Posteado por: buenaventuras | mayo 8, 2006

Diatriba de los necios

Yo le había dicho que era una lástima que los payasos no anden por las calles, y que los circos siempre estén dentro de una carpa.

– Si estás en un mercado y un payaso pasa, como pasan acá, vendiendo burbujas, no es un motivo para conversar, si pasaran por una plaza cuando estás esperando algo, sería genial. Yo siempre he creído que el mejor lugar para un tipo loco, sería un circo…; y no me preguntés por qué…

– Ajá… bueno, si vamos a salir juntos, pongamos la siguiente cláusula, ok?: No más de 5 minutos de charla sobre payasos y circos.

Esa vez, lo miré con una especie de indiferencia fascinada y fastidiada al mismo tiempo, porque a pesar de que lo que él intentó hacer fue ponerse taxativo, lo único que hizo fue decorar de una manera burlona lo que sería nuestro espacio. Semanas después, dejé de hablarle de payasos, porque de pronto se convirtió en un tema aburrido. Y entonces, le puse mi cláusula: No más bossa nova en versión jungle y/o techno en la cama.

Nuestro tiempo fue de esos tiempos que los poetas dicen que no pueden medirse en semanas, ni en meses, sino sólo como lo hacen los poetas, o como se miden la vidas de esos seres: por calamidades espirituales y por días de inenarrable tristeza, esos días que se prolongan y se deforman como penosos fantasmas.

Nadie como él para rendirle un culto devoto a esa secreta convicción de ser un nudista del sentir, un exhibicionista de sentimientos, al final de cuentas a nadie le interesa que las convicciones las lleves escritas en la piel, sino que para vos mismo sea casi reticente el tener que llevarlas siempre en tu interior; él , las llevaba en la ropa, en las manos, y lo más terrible, en las palabras.

La cama era a veces una selva y a veces un circo; pero para cuando reconocías cuándo era qué, entonces ya estaba todo tan allí, que si no estaba realmente podías estar casi seguro de que no era cierto, porque finalmente todo olía a él; y entonces recién sentías que estabas espiritualmente dispuesto a decir adiós, aunque aquella palabra sonara siempre discreta y silenciosamente irónica, como una simple apreciación a la deriva, porque era justo cuando él efectuaba su performance de maestro o payaso al que la absolución le llegaba por donde menos la esperaba: a través de un espejo .

Poco después encontré alguien casi igual a él, los mismos ojos, los mismos gestos, hasta la mismísima frente; pero era ese “casi” el factor atroz que hacía que el autoengaño fuese más evidente.

Él era tan insípido que para cualquiera que lo hubiese visto en un café, podría haberlo hecho y sentido perfectamente que la mesa estaba absolutamente vacía. Era feo; pero era una fealdad atractiva, no sé si me dejo entender, tan impactante como impactaría la belleza más real; y era cuando hablaba que esa fealdad encontraba su perfecto equilibrio. Yo al principio (y al final, también) no pude determinar qué era lo más asombroso, que sea tan feo, o que esa fealdad me resulte tan atractiva.

Fue en medio de un silencio sin salida, eterno, definitivo, de esos que se rompen sólo mirando el reloj, que decidimos dejarnos, la decisión fue como la equivocación que debía enmendarse para quedarnos en un armisticio. No pude soportar que se hiciese la burla de Tom Jobim; y era muy difícil verlo hurgarse la nariz, mientras escuchábamos el etude Op.10 de Chopin.


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